Hay veces, tan sólo veces, en el que te das cuenta que no estás sola. Hay alguien allí, mirándote, observando cada uno de tus suaves movimientos, escuchándote llorar, reír, gemir. Crees que nadie te ve, pero allí está él, esperando el momento en el que decidas dejar todo a un lado, la sociedad que te asfixia, la familia que te protege, las amigas que opinan, los ridículos que te envidian y decidas lanzarte al vacío. El tan tenebroso y excitante vacío.
Lánzate. ¿Qué diablos estás esperando? ¿Al hombre perfectamente aburrido? ¿Al negociante con la moral de un político? ¿A verte con dos hijos igual de hermosos y perfectos, igual de superficiales y perdidos? ¿Por qué no? ¿Por qué es distinto a todo lo que conoces y te da miedo que te encante? ¿Por qué no podrás llevarlo a las fiestas frívolas? ¿Por qué está demente, tanto como lo estás tú? Atrévete a hacer algo que nadie espere. Déjalos que hablen. La felicidad sólo puede ser tuya. Quítate la máscara y guárdala para siempre.
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